EMERGENCIA EN DISCAPACIDAD: UN MAREO AL BORDE DEL ABISMO
En las últimas décadas las investigaciones y hallazgos en el campo de la paleopatología o la bioarqueología del cuidado arrojaron evidencias rotundas sobre las sofisticadas prácticas de cuidado hacia individuos con discapacidad o con patologías graves y limitantes que se llevaron a cabo durante las diversas etapas del periodo Paleolítico.

Movilización de ayer, miércoles 22 de abril, en la Plaza San Martín para exigir la implementación de la Ley de Emergencia en Discapacidad contra el nuevo proyecto de ley oficial que profundiza la desprotección hacia las personas con discapacidad.
Especies como el Homo erectus/ergaster, los neandertales y los cromañones fueron capaces de alojar y proteger en sus comunidades a miembros cuyas condiciones congénitas o adquiridas les hubieran impedido sobrevivir en medios tan adversos. En diversas partes del planeta y bajo las más desafiantes condiciones de vida aquellas comunidades primitivas comprendieron que no se avanza dejando a otros detrás. Es decir, la humanidad arcáica ya saldó hace más de 200 mil años todo debate en torno al cuidado mutuo como factor relevante civilizador.
Nuestra actualidad, sin embargo, parece retrotraerse más allá de la prehistoria. Los funcionarios nacionales y la mayoría de los legisladores no ahorran esfuerzos en imponernos una realidad en la que las personas con necesidades de apoyos y cuidados deben ser entendidos como una carga de la cuál hay que desembarazarse.
Ancianos, personas con enfermedades graves o con discapacidad son dejados a su suerte, lo que entraña un comportamiento que incluso nos impresiona cuando, excepcionalmente, lo vemos reflejado en el reino animal.
A primera vista pareciera que el desfinanciamiento del sector de la discapacidad que se viene llevando a cabo de manera injustificada hace más de dos años o el reciente proyecto de Ley de Discapacidad presentado por el gobierno y maliciosamente llamado “Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez”, fueran problemáticas aisladas de una minoría. Sin embargo las estadísticas nos dicen que aproximadamente el 10,2% de la población en Argentina (alrededor de 4.7 millones de personas) presenta algún tipo de discapacidad, realidad que, por otra parte, involucra a la familia (lo que duplicaría o triplicaría el porcentaje de personas directamente afectadas). Por otra parte, ninguna persona queda exenta de adquirir una discapacidad en cualquier momento de la vida, sea por accidente, enfermedad o vejez. De hecho, sabemos que el aumento en la expectativa de vida está directamente relacionado con un mayor riesgo de discapacidad y dependencia, fenómeno conocido como expansión de la morbilidad.
Aunque las personas viven más tiempo, los años adicionales no siempre se disfrutan con buena salud, lo que se refleja en un aumento en la prevalencia de enfermedades crónicas, limitaciones funcionales y trastornos neurológicos y cognitivos, especialmente a partir de los 60 años.
Pero corriéndonos de las cifras, que ya son contundentes en sí, para comprender que se trata de una situación que compromete a la sociedad en su conjunto, surge una pregunta que debería interpelarnos a todos. ¿Qué tipo de modelo de vida pensamos que puede erigirse sobre la indiferencia, el maltrato y el ensañamiento hacia los más vulnerables? Y sumo, ¿se puede volver de semejante violencia? No nos olvidemos que el régimen nazi “estrenó” sus cámaras de gas con personas con discapacidad física e intelectual, crimen llevado a cabo en el marco del programa eugenésico “Aktion T4”, bajo la premisa de eliminar «vidas indignas de vivir» o «cargas económicas» para el Estado… De ahí en adelante ya sabemos cómo se desató un espantoso ciclo de exterminio perpetrado contra el pueblo judío, diversas etnias, minorías sexuales y formas de pensamiento disidentes.
La historia reciente nos recuerda que el riesgo de deshumanización al que estamos expuestos en este momento es enorme y concreto. Y si no logramos ver más allá de los sesgos ideológicos y partidarios para comprender lo que está en juego, nos esperará un futuro inviable, caótico y compulsivamente violento.
En 1918, durante un ciclo de conferencias llamado “El desafío social de nuestro tiempo”, el pensador austríaco Rudolf Steiner invitaba a pensar en las condiciones necesarias para forjar un interés social real como factor evolutivo, basado en el interés elemental por el otro. Allí expresaba: “Lo que es necesario y hay que conseguir con mucha conciencia es lo que antes se daba instintivamente en el ser humano, es justamente el interés de hombre a hombre.
El nervio fundamental de toda vida social es el interés del hombre por el hombre. Sólo realizando el trabajo sobre la base de un interés fundado en su núcleo no egoísta (…) se hará posible la dirección constructiva de la evolución en la inmanente entrega al todo y en el amor al orden social humano.” Y dos años más tarde, Steiner acuñaría un lema de la ética social cuya meditación urge en estos tiempos: “Saludable es solamente/ cuando en el espejo del alma humana/ se forma la comunidad toda/ y en la comunidad vive/ la fuerza del alma individual.”
Necesitamos recordar de manera apremiante, como individuos y como país, que no solo no existen vidas indignas de vivir, sino que toda vida está inevitablemente entrelazada con la propia, y que la verdadera grandeza de un pueblo se expresa en su capacidad de amar, de hacer el bien o, como decía el Papa Francisco “por cómo trata a los más débiles”. Recordemos también, y más que nunca, las palabras que nos dirigió hace 10 años en su Mensaje al pueblo Argentino: “Es el amor a la Patria que me lleva a pedirles, una vez más, que se pongan la Patria al hombro, esa Patria que necesita que cada uno de nosotros le entreguemos lo mejor de nosotros mismos, para mejorar, crecer, madurar. Y esto nos hará lograr esa cultura del encuentro que supera todas estas culturas del descarte que hoy en el mundo se ofrecen por todas partes. Una cultura del encuentro donde cada uno tenga su lugar, que todo el mundo pueda vivir con dignidad y que se pueda expresar pacíficamente sin ser insultado o condenado, o agredido, o descartado (…) Tenemos todo. ¡Qué país rico! Pero la riqueza más grande que tiene nuestra Patria es el pueblo, ese pueblo que sabe ser solidario, que sabe caminar uno junto a otro, que sabe ayudarse, que sabe respetarse, es ese pueblo argentino que no se marea, que sabe encontrar sabiduría, y cuando se marea, los otros lo ayudan a que se le vaya el mareo.”
Luis E. Martínez
Trabajador del área de discapacidad
Punilla sur
