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Sorprendente hallazgo histórico en Tanti

El abogado Alcides Gámez Tschopp dio a conocer hoy en exclusiva el contenido de las investigaciones realizadas por Terciario Patiño. En esta primera entrega, según los documentos, se echa luz al orígen del incendio que tuvo en vilo a los vecinos de la zona de Tres Cascadas en Cabalango.

La creencia de que dicho incendio fue iniciado por un desaprensivo individuo que pretendió hacerse un café con leche es refutada por el desconcertante relato. A continuación los hechos.

          Hallazgo de los escritos de Don Terciario Patiño

Cuando hacía ya un par de años que había muerto el viejo don Terciario Patiño, vecino al que ya nadie frecuentaba desde que el camino que lleva a su casa se tornó intransitable y a que su humor para con los vecinos se tornó más intransitable aun,  Úrsula, su sobrina nieta y única heredera se presentó en mi despacho con el propósito de tomar posesión de la vivienda. Como albacea y apoderado del anciano me dispuse a poner en orden los papeles de la propiedad que se proponía ella acondicionar y hacerla su hogar a la espera de su nombramiento como docente en la IPETyM. Resultado de estos quehaceres iniciamos una relación, diría, casi de padre e hija. Me propuse hacerle más sencillo su arraigo en un pueblo que no siempre te pone las cosas fáciles. La niña, que apenas pasaba la veintena, no conocía a nadie aquí. En más de una ocasión tuve el gusto de ser invitado a pasar las tardes bajo la mora del fondo, desde la que disfrutamos de varias charlas que rompían la monotonía del verano tanteño mientras el río cantaba piedras abajo. La casa, a favor de su sólida construcción, estaba cobrando nueva vida a medida que Úrsula avanzaba en la tarea de limpieza y ordenamiento de sus numerosos cuartos.

Una de esas tardes la joven me esperaba con un cofre hallado en la habitación que oficiaba de estudio de don Terciario. Estaba cerrado y me preguntó si no sabría yo de alguien que fuera capaz de abrirlo sin poner en riesgo su integridad. Recordé en ese momento que entre las cosas que guardaba en mi caja fuerte había un sobre que el viejo, solemne, me entregó la última vez que bajó al pueblo.

“Ahí está el santo y seña para llegar a mi trabajo de estos años, se lo encargo” dijo y me alcanzó un sobre medio roñoso.

Le pedí a Úrsula que esperara a que diera con él, que le pertenecía de todos modos, quedando en volver al día siguiente.

Cuando regresé el cofre seguía allí, sobre la mesa, a la sombra de la mora. Úrsula tomó el sobre y rasgándolo vimos caer al suelo una llave. Nos miramos y casi chocamos las cabezas al intentar recogerla, tal era nuestra ansiedad.

Dentro del cofre, ordenados en carpetas de cartulina gris, papeles.

Presa de la estúpida costumbre a la que mi profesión me llevó, imaginé escrituras, recibos de impuestos pagos, títulos del automotor, confesiones a ser divulgadas post morten…Sin embargo, a medida que fuimos separando las carpetas, pudimos leer –con la apretada y preciosa caligrafía que conocía yo bien- en la portada de cada una de ellas cosas como “El Hongo” o “La confesión de Don Espinillo”.

En un principio pensamos que se trataba de una faceta desconocida y literaria de don Terciario, ocupación que los parroquianos del Lucky nunca tuvimos en cuenta cuando el nombre del Viejo aparecía en las tertulias, pero un último papel que apareció debajo de la última carpeta nos aclaró todo y a la vez  nos llenó de perplejidad.

En él el Viejo describía con detalles de su ubicación y acompañados de dibujos bastante pobres e infantiles la enorme variedad de hongos que crecían en la zona. Advertía también sobre las consecuencias que suponía la ingesta de algunos y la conveniencia de incorporar a otros a la dieta diaria y hacia el final de su escrito lo sorprendente:

“Un relato de los viajes y descubrimientos al influjo del Hongo”

Lo que sigue es el contenido en la primera de las carpetas que don Terciario Patiño atesoraba.

«En el hogar quedaban aún las cenizas de la última noche de frío que ahora las rachas de esta primavera, colándose por la chimenea,  desparramaron en la alfombrita en la que solía tirarme de espalda para aliviar el cuerpo.

Merendé el último hongo de la cosecha X y me senté en la mecedora a disfrutar del último rayo del sol del día.

Si algo me entretuvo cuando pibe fue encontrar en las manchas de humedad y en los descascarados revoques de las paredes viejas: cuerpos, caras, animales, grotescos algunos, o  siluetas de países o barcos a la deriva prontos a encallar en arrecifes de cal.

 Si la pared era enorme, y a esa edad todas lo son, y el descuido y los años revelaban las distintas capas de pintura que alguna vez la cubrieron, un continente nuevo se presentaba ante mis ojos de pionero, un explorador que gozaba el privilegio de bautizar una Terra nova o remontar un río hasta dar con el rastro del prodigio que dejó esa huella…

Ahora, en cambio, estudiando las formas de las cenizas en la alfombra no veía otra cosa que un rejunte de polvo sobre el dibujo del tapiz. Como la abstracción se me resistió siempre, me obstiné ¿Habría perdido aquella habilidad? Sin esperanzas tomé la vara de tabaquillo y apartando de aquí y amontonando allá con un poco de buena voluntad podría decirse que entre las cenizas fue apareciendo un ojo, luego el otro, la nariz me llevó varias correcciones pero una mancha vieja me guiaba. Por último delineé la boca. 

La boca bostezó, después lanzó una escupida que cayó al lado de mi zapato izquierdo y con una voz aflautada dijo

-el cuerpo del pica palo no es así

¡Carajo! Al tiempo que solté la vara

-Y el yayai tiene muchos colores, pero no son esos

Me refregué los ojos para oír mejor mientras le daba una mirada a los cartones que colgaban en las paredes, y besando la cruz que colgaba en mi cuello lo increpé con dureza

-Decime qué o quién sos

-El lunes 9 a las dos en Tres Cascadas…

Si iba a decir algo más, no fue posible. La ráfaga que abrió la ventana desparramó las cenizas y de la criatura apenas quedó una motita sobre la alfombra, chau boca, adiós ojos chau…

No supe si había más cenizas en el suelo que en mi corazón.«

ENTREVISTA CON TULIÁN, UN ZORRO Y LA VERDADERA CAUSA DEL INCENDIO DE OCTUBRE DE 2023

A las dos menos cuarto llegué a la cita. La tarde era puro sol y viento en ese lugar del Valle de Punilla. Al pie de un cerro, entre molles y espinillos, los pájaros que entretuvieron mi espera se mostraron indiferentes a la nave que se posó, plateada y en silencio ahora. De su vientre bajó una escalera y por ella descendió un hombre delgado y fibroso vestido apenas con algo que semejaba una falda, miró alrededor entornando los ojos (casi grises) y acercándose extendió su mano diciendo Hola. Disimulando mi extrañeza, actuando con la desenvoltura de un fumador de opio, devolví el saludo y dije a mi vez

 –Lo escucho.

-“Pisé estas tierras hace once mil veranos cuando los guanacos y las corzuelas abundaban, sacié mi sed en los arroyos y de esos árboles comí sus frutos; de aquellas piedras salieron mis cuchillos y la punta de mis flechas y las espinas de los senderos abrieron en mis pies surcos de los que brotó la sangre con la que regué el camino que llevaba a mi cueva”

“Con la arcilla con la que cubrí mi cuerpo para resguardarme de la gran estrella hice mis vasijas y enseñé a los hijos a cocerlas”

“En los aleros de esos cerros pintaban los niños las historias de los mayores y aunque sintieran especial deleite en recrear las escenas más cruentas, exageradas casi siempre, consentíamos esa predilección sabiendo que así son los hombres cuando niños, peleadores e hincha pelotas…”

Me desconcertó el giro coloquial con que cerró la frase pero no encontré objeción alguna que oponer a tal sentencia.

Así pasaron los años, secos y fríos en el tiempo que sigue al calor y las lluvias y así nosotros y así yo y pensábamos que así el mundo seguiría, pero un día frío de un tiempo aún más frío un hombre semejante a nosotros, pero no como nosotros, apareció y dispuso que el tiempo sería otro, y los animales, otros, y las costumbres, otras y la vida y la muerte, otras”

“No tuvimos tiempo de aprender cuáles eran las curas para los nuevos males que este hombre trajo y tarde comprendimos que el láser con el que tallábamos nuestras piedras debimos usarlo para combatirlo”

Fue en ese momento en que una voz, peluda y urgente, se alzó y dijo:

“esa descripción, harto autoindulgente, no expresa la completa verdad de la historia”

Buscamos ambos la fuente de tan insolente interrupción para descubrir que a resguardo de un frágil romerillo un zorro se disponía a continuar su discurso.

“Ese tiempo, idílico en el relato del hombre del artefacto, en quien si no me equivoco y los destellos que el viejo y gordo sol provoca en esas piedras no entorpecen mi vista reconozco la estirpe de los Tulián, no da cuenta de las diferencias que entre la gente de su pueblo había y  con la llegada de otros de más allá de las sierras y digo más,  no fueron pocos los que celebraron el cambio que prometía este hombre nuevo de ojos celestes y desconcertado pelo amarillo que traía su credo y su dios”.

Tulián (al fin conocía su nombre), sin ocultar su ofensa, increpó al Zorro que lo medía canchero mientras mordía un pastito

“ ¿y qué esperabas que hiciéramos? Acero, gérmenes, bestias, flujos financieros de capitales externos… fueron demasiado…”

“Podrían haberse mantenido unidos y en lugar de simular un suicidio en masa arrojándose desde una piedra para remontar en sus naves la búsqueda de las estrellas iniciar la resistencia, mantener la resistencia hasta lograr volverla hegemonía, ganar en la palabra, que en la palabra está la victoria”

Bajó los ojos Tulián y me pareció entender que en su muda prestancia de orgullo comechingón asomaba el íntimo reproche de no haber construido en su momento el discurso con el que se presentó ahora.

Miró otra vez el paisaje que lo rodeaba, miró al Zorro, sin inquinas ya y clavando su mirada en mis ojos dijo antes de iniciar el camino a su nave:

“Todo sigue igual y todo vuelve”

 No supe bien a qué se refería. Lo vi subir la escalera. El zumbido de la nave se hizo más fuerte y a medida que iba tomando altura el calor de sus turbinas encendió el fuego en los arbustos que se iba propagando con rapidez alarmante.

El Zorro y yo nos miramos y antes de huir en direcciones opuestas; de nuestras bocas y al unísono surgió el grito que el eco devuelve hasta hoy:

“La puta que lo parió al comechingón!”     

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